Hay carreras que tienen algo especial y nunca se olvidan., independientemente del resultado. Unas veces es por el recorrido, otras por la organización, o por el ambiente y el trato recibido. En el caso de la Carera del Ebro, en la que ayer participé junto con Ignacio y Salvador, se juntaban todos los factores.

La carrera está organizada por La Brigada de Caballería “Castillejos” nº II (PAVÍA nº 4), A. Naciones Unidas en España y la Comisión Española de la UNESCO , en colaboración con el Ayuntamiento de Zaragoza, y todos los beneficios obtenidos de las inscripciones se dedican íntegramente a algún proyecto humanitario patrocinado por UNESCO.

La organización en la salida y llegada es perfecta, con todo claramente delimitado y controlado, sin tiempos de espera para la recogida del dorsal en la salida, o de la bolsa del corredor en la llegada. Guardarropas, vestuarios, duchas, todo funciona diligentemente gracias a la pericia de los chavales de la Brigada. Se nota la profesionalización de nuestro ejército.
El recorrido es muy duro y con grandes contrastes. La salida se realiza desde las pistas de atletismo deL Estadio CAD, a orillas del Ebro y cerca de las instalaciones de la reciente Expo. Todo el recorrido es por caminos, bacheados y con muchas piedras. Tras unos pocos metros llanos se llega al pueblo de Juslibol y comienza una larga subida hasta que se cruzan (por la puerta) las alambradas que rodean el Campo de Maniobras de San Gregorio.
A partir de allí, subida continua durante otros diez kilómetros, aderezada con una gran cantidad de badenes cortos y con fuertes pendientes, que te van minando la resistencia de las piernas.

El entorno es un verdadero desierto. Un camino pedregoso y polvoriento entre montes bajos y resecos por el sol. Y el cierzo de cara durante toda la subida hacía innecesario secarse el sudor.

Todo estaba perfectamente controlado. La distancia señalizada cada 500 metros. Los puntos de avituallamiento cada 5 kilómetros, con agua, Isostar y asistencia sanitaria para el que la necesitara. Y había hasta una exposición de tanques, TOA’s, piezas de artillería y otros artilugios bélicos distribuidos por el recorrido para hacerlo más ameno ( y más rápido, pues no veáis cómo se corre con un cañón antitanque apuntándote a la espalda).

Llegando casi a lo más alto del recorrido, y dada la relativa estrechez del camino, se podía ver la larga fila de casi 2.000 corredores , que se extendía en una longitud de kilómetros y que aparecía y desaparecía entre las ondulaciones del terreno. Un espectáculo digno de verse.

Por fin, en el kilómetro 11 del recorrido, volvemos a cruzar las alambradas y comenzamos una bajada que poco a poco se va haciendo más fuerte y peligrosa, a través de caminos con muchas curvas, cubiertos de piedra suelta, y encajonados entre abruptos montes. En poco más de 3 kilómetros bajamos todo lo que habíamos subido en 11 . Y con una sorpresa de última hora: casi al terminar la bajada nos encontramos con una cuesta (más bien pared) de unos 300 metros, peor que la peor de las rampas de la Cuesta de las Palomas. La subí, resoplé, comprobé que todavía sentía las piernas, y al levantar la vista, de repente me dio la impresión de haber cambiado de carrera, e incluso de país. Debajo de mí, a menos de 500 metros, aparecía como un oasis en medio del desierto el río Ebro, rodeado de huertas y arboledas.
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Giramos a la izquierda por su orilla y comenzamos a correr bajo la sombra de los chopos, y lo que es más importante, con el cierzo a favor, directamente hacia la meta, que se encontraba a 4 kilómetros por terreno totalmente llano y liso, donde por fin pudimos alargar la zancada y correr a tope.

A la llegada y con una meticulosa organización, recibimos la bolsa de corredor.

Una buena camiseta técnica, calcetines (rojigualdas), comida, bebida, revistas y ............... ¡¡ un kit de Rambo !! , compuesto por una red de camuflaje, una ración de combate, otra de campaña y una caja de puré energético para las marchas.

Los tiempos son lo de menos, ya que el trazado y la distancia (18,5 km) no son los habituales. No obstante fueron los siguientes:
pto: 243 Ignacio Hernández 1:20:46
pto: 615 Salvador Galindo 1:28:34
pto: 805 Joaquín Lahoz 1:33:18
A destacar el carrerón que hizo Ignacio, que a pesar de estar estrechamente vigilado por su futuro suegro, consiguió entrar junto a la tercera clasificada.
En resumen , y como ya he dicho, una carrera de las que no se olvidan. Un diez para el ejército, otro para la UNESCO y otro para todos los participantes.
Si me preguntaran si volveré a correr el año que viene, sólo se me ocurre una respuesta:
¡¡ SEÑOR, SÍ, SEÑOR !!